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sábado, 23 de mayo de 2009

CADENAS EN NOMBRE DEL AMOR

Empezaré esta historia con la consabida frase: cualquier semejanza con la realidad es pura casualidad. Al terminar de leerla seguro coincidirás conmigo en lo importante que son las palabras dichas con responsabilidad, cómo las promesas irresponsables pueden sujetar el avance de las personas, cómo el decirle: “Te amo” a alguien puede inducirlo a forzar ese sentimiento y atraparlo para siempre.

Ella era una joven profesional, de rasgos agradables, responsable en su trabajo, seria en sus relaciones, siempre se la vio sola, no se le conocía amorío alguno. Podríamos resumir su vida en dos palabras: su casa-su trabajo y su trabajo- su casa, probablemente como toda joven de los años sesenta su anhelo más profundo era completar sus aspiraciones casándose, siendo madre de varios niños y una amante esposa. Ellos eran tres jóvenes profesionales, dos de ellos solteros y uno casado, impresionados por la aparente indiferencia de ella, indiferencia que estimulaba sus afanes naturales de conquista y que los motivó a planear una estrategia que sería el inicio de dos vidas torturadas por la culpa y los celos.

La estrategia de conquista consistía en una apuesta, quien logre salir con ella y hacerla su fortuita enamorada, ganaba, el premio: nunca se supo qué era pero probablemente un premio superfluo e intrascendente. Empezaron los solteros, uno a uno reportaron su fracaso en la conquista, el casado pensó que tendría menor fortuna y que incluso podría ganarse una buena bofetada, casi con temor la galanteó y … ella cambió su indiferencia por interés, el galán … ¡ganó la apuesta!

Después de un breve romance, él le manifestó lo que era evidente, estaba comprometido de por vida y esto no tenía futuro por lo que debían terminar, se disculpó por no haberlo pensado antes y tantas palabras que el viento se las llevó porque la mujer con la seguridad más grande que jamás tuvo le respondió: “existe el divorcio, yo no soy una mujer fácil, conmigo no se juega tienes que cumplir todo lo que me dijiste”, él insistió, eso no tenía futuro, le habló de su matrimonio, cuánto amaba a sus dos hijos que eran muy pequeños, cuánto amaba a su esposa, pensando herirla y así provocar una reacción de rechazo; pero Juana lo miró desencajada y repitió: “Raúl, no soy una mujer fácil, tú debes cumplir conmigo”.

En adelante esas conversaciones fueron permanentes, pan de cada día y así pasaron treinta años. Treinta años de actos desquiciados como reventar las llantas del auto de Raúl el día del cumpleaños de su esposa, seguirlo a otra ciudad a la cual fue enviado en comisión de servicios, llamar a su casa y amenazar a la esposa, insultarla, decirle que él estaba con ella por los hijos, cuando estos crecieron el discurso cambió por: “está contigo por pena, te tiene lástima, pero si tuvieras dignidad le dejarías libre”. No se supo cuál era la reacción de la esposa durante todo ese tiempo, lo evidente es que Raúl fue obligado a llevar una doble vida y Juana envejeció convirtiéndose en un satélite que giraba locamente en torno a él sumida en una permanente desesperación. Fue mi maestra en la universidad y ajenos a todos sus problemas personales nosotros solo podíamos opinar que la maestra era neurótica e inspiraba muy poca confianza, también fue maestra del hijo de Raúl, quien se convirtió en su alumno predilecto. Dice una conocida canción: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. El alumno se graduó y ella estuvo orgullosa y feliz por el padre y por él.

Un día Raúl decidió hacer un viaje de vacaciones con toda su familia: dos hijos profesionales y su esposa quien desde hacía varios años se mostraba enferma, fueron hacia el norte. Después de varios días de disfrutar sus vacaciones, ellos volvían a la ciudad, el padre manejaba el auto y como todo puede suceder en las carreteras de mi país, el auto colisionó con un camión en una peligrosísima curva conocida como “Pasamayo”, dio varias vueltas de campana y se precipitó por el abismo.

El resultado fue fatal, la esposa falleció, los hijos al igual que el padre resultaron heridos pero lo pudieron superar. Raúl se convertía entonces en viudo, la noticia recorrió el país. Recuerdo que esa mañana nos encontramos en el ascensor, yo ya no era una estudiante ahora la maestra era mi colega, la saludé y por primera vez desde que la conocía la vi sonreír, estaba alegre, incluso me comentó lo bonita que estaba la mañana, conversamos un poco, bajé antes que ella preguntándome qué le habría pasado a la maestra que estaba tan alegre. Al pasar las horas, me enteré del fatídico accidente y no pude evitar relacionarlo con la sonrisa de la maestra, me resistí a aceptar que la muerte de alguien pudiese ser la causa de la alegría de otra persona, pero poco a poco todos aceptamos que así era: la maestra desde ese día era otra persona, estaba feliz.

Cuando Raúl se recuperó, ella le pidió en matrimonio, ¿Qué? ¿No es el varón quien debe hacerlo?, bueno, por lo general si, pero con Juana las reglas nunca existieron, así que no se comentó más el asunto. La boda se preparó con celeridad, ella quiso una sesión de petición de mano, él se burló pero al final accedió, tantos años de acceder a sus caprichos y presiones lo tenían bien entrenado, quiso casarse de blanco a los sesentaicuatro años, treintaicuatro de los cuales había vivido una pesadilla cargada de pasiones y sentimientos encontrados, no es que esté mal casarse de blanco a esa o más edad sino el significado que el color tiene, aunque a muchas mujeres no les parece importar. Una vez más Raúl aceptó, me contaron que bromeaba diciendo que por segunda vez tendría que entrar a la iglesia disfrazado de pingüino.

Juana planificó cada detalle de su boda, me parece que lo hizo desde el mismo momento que Raúl le prometió aquello para ganar la famosa apuesta, nunca se lo quitó de la cabeza y ahora era el momento de ejecutar sus sueños. De velo, de blanco, arrojando el ramillete de novia, con amigos invitados quienes tenían distintas opiniones que no se cuidaban de guardar en reserva: “ellos se aman, pasaron de todo”, “qué barbaridad, esta mujer no tiene corazón”, “par de sinvergüenzas” y demás. Por supuesto que el viaje de novios no podía faltar, irían a Chile, hasta Valdivia, bien al sur, por tierra para que el amor disfrutado en libertad dejara huella, “para recuperar el tiempo” decía ella. Armaron las maletas y en medio de los aplausos de los amigos, partieron hacia el sur.

Al traspasar la frontera decidieron hospedarse en un pequeño hotel, les tocó una habitación del segundo piso, el amor estaba en su punto y el cansancio también.

Sin embargo, la vida les tenía preparada una sorpresa. En medio de la noche un calor abrasador los despertó, el fuego rodeaba el lecho nupcial, las llamas se elevaban y consumían voraces las cortinas, los muebles y el techo crepitaban, los gritos se oían por doquier, nada se pudo hacer para detener el fuego, lo consumió todo en el segundo piso y en parte del primero. Cuando al fin los bomberos amainaron el fuego, subieron para ver a los flamantes esposos temiendo lo peor, no se equivocaron, en una esquina de la habitación los restos calcinados de dos esqueletos abrazados hicieron exclamar al unísono: “¡¡pobrecitos!!”. Habían muerto, la felicidad una vez más les fue esquiva, más a ella que a él. ¿Será que la felicidad tiene dueño y si no es la tuya no la podrás tener?, claro, Juana no encontró su propia felicidad porque se adueñó de una que no le pertenecía.

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