Visitors

free counters

sábado, 30 de enero de 2010

Secuestro al paso

"Las ciudades grandes son peligrosas", es común oír expresiones como ésta, parece que el peligro es directamente proporcional a la cantidad de gente, tiene lógica: a mayor número de personas, mayores posibilidades de encontrarse con personalidades extrañas para no calificar a nadie (por ahora). "Fue víctima de un secuestro al paso", hace unos 5 años también se ha hecho común esa expresión, pero hasta que no le pasa a algún conocido o a uno mismo no se aquilata la dimensión de esa realidad.
Era una tarde fría, nublada como las tantas del invierno limeño, yo solo había dormido 2 horas, en realidad había dormitado, trabajé unas 20 horas seguidas, al despertar seguí preparando un proyecto porque quería ganar el fondo que ofrecían, ya me había presentado varias veces pero nada, como soy perseverante o tal vez medio obsesiva, decidí insistir, así que finalmente terminé, llevé el producto de mis insomnios al lugar indicado y vaya qué alivio: "¡será lo que Dios quiera!" me dije a mí misma.
Salí a tomar un taxi para que me dejara cerca al paradero (parada en algunos países, o estación de autos) de colectivos (servicio semejante al taxi pero con varias personas, cada una paga), vi que venía un auto blanco y justo faltaba un pasajero, lo paré, me subí y ¡bingo! ... caí en la trampa conocida como "el corralito". Al lado mío iba una pareja, no olvidaré nunca sus rostros porque para caras y palabras tengo memoria de elefante, él la abrazaba y de pronto dejó de hacerlo, sacó una pistola de sabe Dios dónde y encañonó al chofer, la mujer me tomó del brazo y me dijo: "tranquila, no te asustes", todo fue tan rápido. Juro que si hubiera dormido lo suficiente me hubiese zafado, abierto la puerta del auto y zas!, pero estaba media grogui y no atinaba a NADA. Al lado del chofer había una mujer, que ni volteó a ver lo que ocurría atrás, el delincuente le ordenó al chofer que se desviara, le decía improperios y amenazas, yo me puse a pedirle a Dios que me guardara, lo hacía en voz alta lo que puso muy nervioso a mi secuestrador, "¡¡cállate!!" espetó, en tanto la mujer revisaba mi maletín y me hacía colocarme al centro de los innombrables; el auto seguía en movimiento, me habían ordenado cerrar los ojos, así que no tenía idea del lugar en el que estaba, después de terminar de revisar mi maletín empezaron a preguntarme por mis tarjetas (nunca las llevo), me preguntaron mi nombre, el lugar de trabajo, parecía una entrevista, de tanto en tanto amenazaban al chofer, luego pasaron a revisarme, cuando el malandrín me tocó me rebelé, el innombrable me puso algo en la frente (supongo que sería una pistola), recuerdo haberle dicho: "¡que me revise su mujer!" y curiosamente después de ponerme algo filudo en el cuello, le dio la orden a ella para que lo hiciera, yo ya estaba pasando algo tan feo y no estaba dispuesta a que el infeliz me tocara. No encontraron nada valioso, aunque pudieron llevarse mis aretes y medalla de plata pesada (me hubiese dolido mucho) no lo hicieron, de mi maletín sacaron menos de cien nuevos soles, se llevaron el perforador y el engrapador (bien misios, como dice mi hermano) y mi celular (la verdad es que ya lo iba a cambiar), al final el innombrable le ordenó al chofer a dar la vuelta en sabe Dios dónde, el auto paró, el malandrín me dijo que baje y que camine sin voltear porque "si lo haces ¡¡¡te disparo sin asco!!! ah y cuidadito con llamar a la policía o a alguien", yo bajé y en lugar de tener miedo, sentí una rabia tan grande, una impotencia que me crispaba. Sí ... los hubiera querido seguir y darles de alma, pero como no podía ... Mientras pensaba a mil por hora, reconocí el lugar, en realidad era un lugar muy conocido por mí, así que no fue difícil ubicarme y echar a andar, pensando con qué dinero me movilizaría a mi casa, hurgué en mis bolsillos y ... encontré 50 nuevos soles, me alegré mucho que los malandrines no hubiesen llevado todo el botín, una vez en el lugar para tomar la movilidad, me dije: "ningún inverve me traumará, así que me iré a casa en taxi", y eso hice, solo que esta vez tuve más cuidado en seleccionar.
Llegué a casa y lo primero que hice fue llamar al 05 y contarle a la policía TODO (qué paciencia la del policía!) lo que me había ocurrido, él me dijo: "Usted tuvo mucha suerte, no le hicieron daño, no la golpearon, no le quitaron su ropa ni sus zapatos, la dejaron en la ciudad, le devolvieron su maletín y su documento de identidad", ¿¿¿Qué??? o sea que ¿fueron "buenos" conmigo? ... el policía me contó que estos innombrables le quitaban hasta los zapatos a sus víctimas, que generalmente los abandonaban en las afueras de la ciudad, los golpeaban, etc ... fue en ese momento que tomé total conciencia que Dios me había cuidado y recordé claramente que al abrir la puerta de ese auto sentí que no debía subir y yo ignoré la advertencia.
No sé qué piensas acerca de Dios, pero por esta y otras situaciones que tal vez escriba más adelante, estoy convencida que en este mundo plagado de maldad, Él es absolutamente necesario para librarnos de la muerte anticipada. Te recomiendo cautela al moverte en una ciudad tan grande y peligrosa como la que vivo y aprendí a querer mucho. Cuídate.

Datos personales